La tecnología resulta hoy día un motivo de distracción del momento presente, pero para mí significa -lo que para muchos- una posibilidad infinita de cercanía. No sólo con mis hijas, amigos y familiares que están fuera del país, sino con los mirandinos, esos por quienes me levanto todos los días a las 5a.m. sin importar la hora en la que duerma, esos en quienes pongo mi fe y mi esfuerzo.
El teléfono celular es una bendición y, a diferencia de muchos empresarios y líderes políticos, tengo uno solo. Sí, tengo un solo teléfono, el mismo por donde llamo a mis hijas, por el que recibo el mensajito de «cambio de planes» del Gobernador o un ¿cómo estás? de mi mejor amiga. Y a diferencia de lo que muchas veces hacemos las mujeres para despachar alguna conquista, yo voy dando mi número a quien lo necesite, en cada acto público, en cada entrega de insumos, certificados, en cada supervisión de planes, en cada rincón del estado Miranda está mi número de teléfono, el de verdad, no al que se la cambia un número para evitar la cercanía.

Les cuento que mi celular es una amigo incondicional de la gestión del cambio, de vez en cuando le da un ataque y se paraliza, y entramos esa relación pasión odio que todos tenemos con nuestros aparatos electrónicos más utilizados «¿otra vez? no, ahorita no me hagas esto, reacciona por favor», él -como todos- finalmente reacciona, y entonces puedo contestar al menos los 350 mensajes de texto diarios que me llegan de mi gente, de la Sra. Engracia que necesita trabajo para su esposo, de Daniel José un niño agradecido que acaba de empezar clases y estrena su bulto con útiles escolares otorgados por la Gobernación, del Sr. Miguel que denuncia una vía en mal estado cerca de su casa… de ellos, de todos, de los mirandinos.
Sí, a diferencia de muchos, yo soy la que atiende el teléfono y contesta día a día los mensajes de texto de más 350 mirandinos con alguna petición, inquietud, denuncia o -mi gasolina- un agradecimiento por confirmar que sí, que en Miranda sí llega el cambio es para todos por igual.
Gracias, gracias por sus letras, por su confianza, por su cercanía. Gracias por dejarme ser parte de la solución.