Una alegría llamada Socorrito

Socorrito y su mamá

Hoy recordé una historia mirandina. Una historia que hace que el alma se me llene y en la cara se me encienda una sonrisa entre conmovida y orgullosa: cuando nació nuestra primera personita en un puesto de Pronto Socorro.

Les cuento…Martha Galindo, comenzó a tener contracciones en uno de esos días en el que las vías no son las mejores: caía un palo de agua en la carretera de Tacarigüita y para llegar al hospital, ella tenía que recorrer un buen trecho.

Llegó al hospital de Higuerote y se encontró con la mala noticia de que no había luz y no podían atender su parto. Martha contó que uno de los vigilantes le dijo que se fuera “al puesto de Pronto Socorro de la gobernación” para que la ayudaran. Ahí había luz y la atendieron en el trabajo de parto de su -y en parte nuestra- pequeña Socorrito.

“Gracias a la buena atención que recibí por parte de los médicos decidí llamarla Socorrito, en honor a el único sitio que me abrió las puertas en medio de tan difícil situación”, le dijo Martha en alguna ocasión a nuestro equipo.

Socorrito ya tiene 1 año y 5 meses de edad

¿Pueden imaginar lo lindo que es que a la pequeña le digan Socorrito por el agradecimiento de su madre?… Los agradecidos somos nosotros. En la Gobernación de Miranda nos  sentimos felices por la confianza que depositan los mirandinos en nuestro trabajo, desde los cargos administrativos hasta los más operativos, trabajamos cada día por hacerlo mejor, por ayudar a alguien, por recopilar historias maravillosas como esta…¿Cómo no hacerlo cuando la recompensa es tan maravillosa?

El compromiso continúa, por Miranda y por Venezuela. Sí, hay un camino y en Miranda lo encontramos.

Adriana.

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Sólo se enseña con el ejemplo

Ser mamá de dos muchachas es una gran alegría y una responsabilidad enorme. Mis dos hijas, Adriana Carolina de 21 años y Adriana Valentina de 16, hace seis años que no viven conmigo. Sí, desde que tenían 10 y 15 años se mudaron a El Cairo, Egipto con su papá.

Estuve casada durante 23 años con un ingeniero de petróleo y fueron muchísimas las mudanzas, los cambios. Recuerdo que cuando Adriana Carolina tenía nueve años había estado en seis colegios, en seis ciudades distintas, de dos países diferentes. La infancia, niñez y adolescencia de las niñas fue bastante particular. Cuando ambas nacieron estábamos siempre en algún lugar de paso por lo que preparar la habitación del bebé o tener lista una canastilla con ropita de encajes no era posible.

Cuando ellas decidieron irse a El Cairo, yo ya no quería volver a mudarme. En ese momento trabajaba en la Alcaldía de Baruta y ya había asumido que no tenía un trabajo sino que había encontrado una misión en mi vida. Había estado muy cerca del trabajo de Henrique Capriles y todo el equipo que lo ha acompañado desde el año 1999. La fuerza para seguir adelante trabajando por el cambio era muy poderosa.

También me había dado cuenta de que mi vida, mi existencia, tenía otro sentido si le dedicaba todo mi esfuerzo a servir a los demás. Era el comienzo de mi cuarta década de vida y estaba clara que lo que quería: en cualquier lugar en el que estuviera, en cualquier circunstancia que me tocase vivir, quería dedicarme a una tarea de servicio por quienes más lo necesitan.

Entonces un día “las Adrianas” me dijeron, con la madurez sobrevenida de unas niñas que crecieron entre mudanzas, idiomas, culturas y circunstancias: “mamá, nos queremos ir a El Cairo, queremos aprender árabe, conocer la cultura musulmana, vivir esa experiencia…” Su papá se había ido un año antes, sólo faltaba que yo las llevara.

Lo recuerdo como el día más triste de mi vida. Viajamos a El Cairo las dejé con su padre. Cuando venía de regreso a nuestro país, en uno de los vuelos, tuve a un ángel sentado a mi lado, era una señora que venía rezando al Espíritu Santo. Entonces estuve segura de que Dios, que siempre ha estado con nosotros, no nos iba a abandonar.

Finalmente, abrí la puerta de nuestra casa completamente vacía. Estaba triste, sola, pero llena de la convicción con la que he mantenido la fuerza para soportar la distancia y la separación: sólo se enseña con el ejemplo. No importa qué pueda decir uno como padre, no importa de qué estén hechas las palabras o cómo se pronuncien, sólo se enseña con el ejemplo.

Ser madre de dos mujeres implica la gran responsabilidad de demostrarles con mi vida que ésta sólo tiene sentido si se vive como uno piensa, si se es congruente con la misión que Dios nos encomienda. Si yo encontré el sentido de mi vida en el amor por lo que hago, ¿cómo podría abandonarlo? Si todos los días les digo que deben estudiar, aprender, ser buenas personas, ser libres, independientes, autónomas e ir tras el sueño de sus vidas, ¿cómo podría haber dejado yo el mío?

Adriana Carolina está por comenzar su tercer año de Economía con enfoque en Ciencias Políticas en Montreal, y Adriana Valentina aún vive con su papá, hoy mi ex esposo. Ellas hablan inglés, italiano, árabe, francés; son deportistas, estudiosas, libres de elegir lo que quieren y hacia dónde van. Estoy tan orgullosa.

Aún en la distancia, su amor y admiración por nuestro país permanece intacto, saben que ellas también tienen una misión que cumplir en su adorada Venezuela y se están preparando para cumplirla, inspiradas en las razones por las cuales me quedé: trabajar por nuestra gente, hacer posible una Venezuela de progreso para todos.

Las Adrianas