Por Adriana D’Elia
Durante las últimas semanas hemos hablado, con razón, de viviendas destruidas, carreteras colapsadas, hospitales afectados y miles de familias que lo perdieron todo. La dimensión humana de la tragedia exige concentrar los esfuerzos en atender la emergencia y aliviar el sufrimiento de quienes resultaron más afectados. Sin embargo, a medida que comienzan las discusiones sobre la recuperación, resulta inevitable preguntarse si estamos formulando las preguntas correctas.
La lectura del informe Global Rapid Post-Disaster Damage Estimation (GRADE) elaborado por el Banco Mundial, junto con la revisión de la literatura más reciente sobre Estados frágiles desarrollada por el Fondo Monetario Internacional y otros organismos internacionales, me llevó a una conclusión que cambia de manera importante la forma en que deberíamos pensar la reconstrucción de Venezuela: el terremoto no creó la fragilidad del país; simplemente la hizo visible.
Esta distinción es mucho más que un matiz conceptual. Explica por qué terremotos de magnitudes similares producen consecuencias tan distintas entre países. Japón, Chile o Nueva Zelanda han enfrentado eventos sísmicos comparables, pero sus procesos de recuperación han sido radicalmente diferentes. La diferencia no reside únicamente en la intensidad del movimiento telúrico, sino en la fortaleza de las instituciones, en la calidad de la planificación urbana, en el cumplimiento de las normas de construcción, en la capacidad de coordinación entre los distintos niveles de gobierno y, sobre todo, en la posibilidad de que el Estado responda con eficacia cuando la sociedad más lo necesita.
En ese sentido, los desastres naturales terminan convirtiéndose también en una prueba de las capacidades del Estado. No ponen a prueba únicamente la resistencia de las edificaciones o de la infraestructura; ponen a prueba la calidad de las instituciones, la solidez de la gobernanza y la capacidad de un país para organizar una respuesta colectiva frente a una crisis de gran magnitud.
Precisamente esa es la perspectiva que ha ido consolidándose en los principales organismos internacionales. El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional utilizan el concepto de Fragility, Conflict and Violence (FCV) para describir contextos donde las capacidades institucionales son insuficientes para gestionar crisis complejas. La OCDE entiende la fragilidad como el resultado de la interacción entre una elevada exposición a riesgos y una capacidad limitada para enfrentarlos. El Marco de Sendai de las Naciones Unidas, por su parte, plantea que el riesgo de desastre no depende exclusivamente de la amenaza natural, sino también de la vulnerabilidad acumulada y de la capacidad institucional para prevenir, responder y recuperarse.
Desde esta perspectiva, la reconstrucción deja de ser un problema exclusivamente de ingeniería para convertirse en un desafío de desarrollo. Esa es, a mi juicio, la principal lección que deja el terremoto y, al mismo tiempo, la mayor oportunidad que tiene hoy Venezuela.
En este sentido, resulta especialmente interesante que el propio informe GRADE no se limite a cuantificar daños físicos o pérdidas económicas. Una parte sustancial del análisis está dedicada a examinar las vulnerabilidades preexistentes, el contexto económico y social del país y las condiciones institucionales que influirán en el proceso de recuperación. En otras palabras, el informe reconoce que los efectos del terremoto no pueden comprenderse plenamente sin analizar el estado en que se encontraba Venezuela antes del 24 de junio de 2026.
Aceptar ese diagnóstico obliga también a replantear la estrategia de recuperación. Si las debilidades institucionales, económicas y territoriales precedían al desastre, entonces reconstruir únicamente la infraestructura dañada significaría, en buena medida, restaurar las mismas condiciones que hicieron al país más vulnerable. El objetivo no puede ser regresar exactamente al punto donde estábamos antes del terremoto, porque ese punto de partida ya estaba marcado por profundas fragilidades.
La verdadera pregunta, entonces, no es solamente cómo reconstruir las viviendas, las carreteras o los hospitales que se perdieron. La pregunta de fondo es cómo aprovechar este enorme esfuerzo de reconstrucción para fortalecer las capacidades del Estado y reducir las vulnerabilidades que el terremoto dejó al descubierto.
Esa diferencia cambia por completo la lógica de las inversiones. Reconstruir una escuela debería significar también fortalecer la capacidad del municipio para administrarla y mantenerla. Recuperar una comunidad debería ser una oportunidad para actualizar catastros, mejorar la planificación urbana y reducir la exposición frente a futuros riesgos. Rehabilitar una carretera debería incorporar estándares modernos de resiliencia, y apoyar a las familias afectadas debería incluir mecanismos que les permitan recuperar no sólo su vivienda, sino también sus medios de vida y su autonomía económica.
La experiencia internacional demuestra que los países que mejor han enfrentado grandes desastres son aquellos que entendieron que la reconstrucción no consiste simplemente en reemplazar lo que se perdió. Consiste en aprovechar ese proceso para construir instituciones más sólidas, mejorar la planificación territorial y fortalecer las capacidades que permitirán responder con mayor eficacia a la siguiente crisis. Ese es, precisamente, el espíritu del principio de Build Back Better, promovido por las Naciones Unidas y el Banco Mundial, que propone utilizar la recuperación para construir territorios y sociedades más resilientes.
Una tragedia no puede considerarse una oportunidad. El sufrimiento de quienes perdieron familiares, hogares o medios de vida impide cualquier lectura en ese sentido. Lo que sí puede convertirse en una oportunidad es la reconstrucción. Si se diseña adecuadamente, puede impulsar una transformación profunda de la manera en que planificamos nuestras ciudades, fortalecemos nuestros municipios, gestionamos los riesgos y coordinamos las políticas públicas.
Al final, el éxito de este proceso no debería medirse únicamente por el número de viviendas reconstruidas o de kilómetros de carretera rehabilitados. Debería medirse también por la capacidad que tengamos para dejar un Estado más preparado, instituciones más fuertes y territorios menos vulnerables que los que existían antes del terremoto. Porque, en definitiva, la verdadera reconstrucción no consiste solamente en recuperar lo que se perdió, sino en reducir las fragilidades que el desastre hizo visibles y construir un país con mayor capacidad para enfrentar el futuro.





La tristeza ha invadido los hogares de nuestra Venezuela. Nuestros niños lloran porque tienen hambre; nuestras mujeres lloran por no tener con qué alimentar a sus hijos; las madres sufren porque la enfermedad y la desnutrición están acabando con la vida de sus niños, que es su propia vida.
Nuestra Venezuela está malherida. Tiene un estado de deterioro generalizado. Expertos de distintas disciplinas, nacionales y de todos los rincones del mundo, coinciden en la gravedad de los males que la aquejan. Y el tiempo que ha estado sometida a tantos problemas, que se han ido profundizando, también ha afectado su espíritu, que es su gente.
“El Estado garantizará a toda persona, conforme al principio de progresividad y sin discriminación alguna, el goce y ejercicio irrenunciable, indivisible e interdependiente de los derechos humanos. Su respeto y garantía son obligatorios para los órganos del Poder Público, de conformidad con esta Constitución, con los tratados sobre derechos humanos suscritos y ratificados por la República y con las leyes que los desarrollen”, así se lee en el Artículo 19 de nuestra Carta Magna.