«La reconstrucción de Venezuela no comenzará únicamente en los ministerios o en las grandes reformas nacionales. Comenzará también en los municipios, donde el Estado se encuentra todos los días con los ciudadanos.»
A lo largo de mi carrera he tenido la oportunidad de trabajar en distintos niveles del Estado venezolano: en el gobierno nacional, en gobiernos regionales, en el ámbito legislativo y, más recientemente, observando la experiencia de América Latina desde una institución multilateral.
Sin embargo, si me preguntan cuál ha sido la experiencia más gratificante de mi vida profesional, no tengo dudas en responder: el municipio.
Mi convicción sobre la importancia de los gobiernos locales no nació en la política. Nació mucho antes, desde el urbanismo.
A finales de los años noventa tuve la oportunidad de participar en la elaboración del Plan de Desarrollo Urbano Local del Municipio Baruta. Para quienes trabajamos en planificación urbana, aquellos ejercicios representan mucho más que planos, normas o diagnósticos. Son espacios donde imaginamos cómo puede mejorar la vida de las personas: dónde deben ubicarse los servicios, cómo ordenar el crecimiento de la ciudad, cómo proteger espacios públicos y cómo construir comunidades más integradas y funcionales.
Poco después, esa experiencia me vinculó a la campaña de Henrique Capriles para la Alcaldía de Baruta. Lo que comenzó como una experiencia técnica terminó transformándose en una trayectoria de gestión pública que marcaría el resto de mi carrera.
Lo extraordinario fue comprobar que muchas de las ideas que habíamos concebido desde la academia y la planificación podían convertirse en realidad.
Desde la gestión municipal pude participar en proyectos concretos que mejoraron la calidad de vida de los ciudadanos. Pude ver cómo una decisión de planificación se traducía en una obra, cómo una mejora administrativa reducía tiempos de respuesta y cómo una institución cercana podía generar confianza entre ciudadanos y gobierno.
Esa experiencia me enseñó una lección que sigo considerando válida hoy: el municipio es el lugar donde el Estado se vuelve tangible.
Para la mayoría de los ciudadanos, el Estado no es un ministerio en Caracas ni una discusión en el parlamento. El Estado es la calle que recorren todos los días, el parque que utilizan sus hijos, el permiso que necesitan para emprender un negocio, la recolección de basura, el alumbrado público y la capacidad de encontrar respuestas a problemas cotidianos.
Por eso siempre me ha parecido paradójico que en las discusiones sobre el futuro de Venezuela se hable tan poco de los municipios.
Y, sin embargo, nuestra propia historia demuestra su importancia.
La independencia de Venezuela tuvo uno de sus momentos fundacionales en el Cabildo de Caracas. Más adelante, la reforma descentralizadora de finales de los años ochenta abrió una nueva etapa democrática mediante la elección directa de gobernadores y alcaldes, acercando las decisiones públicas a los ciudadanos y fortaleciendo la rendición de cuentas.
Aquella reforma transformó profundamente el país. Permitió la aparición de nuevos liderazgos, impulsó innovaciones en gestión pública y acercó la democracia a las comunidades.
Hoy, después de años de centralización y debilitamiento institucional, creo que una parte importante de la reconstrucción nacional deberá recorrer nuevamente ese camino.
La recuperación de Venezuela exige reconstruir instituciones, recuperar servicios públicos, generar crecimiento económico y restablecer la confianza ciudadana. Ninguno de esos objetivos podrá alcanzarse exclusivamente desde el nivel central.
Necesitamos municipios más fuertes, con competencias claras, recursos suficientes y capacidades técnicas para responder a las necesidades de sus comunidades.
Pero fortalecer municipios no significa simplemente transferir responsabilidades. Significa construir instituciones capaces de gestionar esas responsabilidades.
La experiencia internacional muestra que las reformas exitosas combinan tres elementos esenciales: reglas claras, incentivos adecuados y capacidades institucionales.
Los municipios necesitan autonomía, pero también sistemas de rendición de cuentas. Necesitan recursos, pero también disciplina fiscal. Necesitan liderazgo político, pero también profesionalización y meritocracia.
Asimismo, debemos reconocer que Venezuela es un país diverso. No todos los municipios enfrentan los mismos desafíos ni cuentan con las mismas capacidades. El modelo institucional de una gran ciudad no puede ser idéntico al de un municipio rural o fronterizo. La reconstrucción debe incorporar esa diversidad territorial y diseñar soluciones diferenciadas.
La transformación digital ofrece además una oportunidad extraordinaria. En un contexto de recursos limitados, la digitalización puede simplificar trámites, mejorar la recaudación, aumentar la transparencia y acercar servicios públicos a los ciudadanos.
Pero, sobre todo, debemos recuperar una visión del municipio como motor de desarrollo territorial.
El municipio no debe limitarse a administrar servicios. Debe convertirse en facilitador de inversión, promotor de actividad económica, articulador de actores locales y constructor de oportunidades para sus ciudadanos.
Después de años observando experiencias de desarrollo en distintos países desde el Banco Interamericano de Desarrollo, mi convicción es aún más fuerte: los países que logran transformar la vida de sus ciudadanos cuentan con gobiernos locales capaces, profesionales y cercanos a la gente.
La reconstrucción de Venezuela requerirá grandes acuerdos nacionales y profundas reformas institucionales. Pero también requerirá algo más sencillo y cercano: municipios capaces de resolver problemas concretos, generar confianza y mejorar la vida cotidiana de las personas.
Después de más de tres décadas de servicio público, sigo convencida de que muchas de las respuestas que buscamos para el futuro del país están más cerca de los ciudadanos de lo que solemos imaginar.
Están en nuestros municipios.




La tristeza ha invadido los hogares de nuestra Venezuela. Nuestros niños lloran porque tienen hambre; nuestras mujeres lloran por no tener con qué alimentar a sus hijos; las madres sufren porque la enfermedad y la desnutrición están acabando con la vida de sus niños, que es su propia vida.
Nuestra Venezuela está malherida. Tiene un estado de deterioro generalizado. Expertos de distintas disciplinas, nacionales y de todos los rincones del mundo, coinciden en la gravedad de los males que la aquejan. Y el tiempo que ha estado sometida a tantos problemas, que se han ido profundizando, también ha afectado su espíritu, que es su gente.
“El Estado garantizará a toda persona, conforme al principio de progresividad y sin discriminación alguna, el goce y ejercicio irrenunciable, indivisible e interdependiente de los derechos humanos. Su respeto y garantía son obligatorios para los órganos del Poder Público, de conformidad con esta Constitución, con los tratados sobre derechos humanos suscritos y ratificados por la República y con las leyes que los desarrollen”, así se lee en el Artículo 19 de nuestra Carta Magna.
“La igualdad de género es más que un objetivo en sí mismo. Es una condición previa para afrontar el reto de reducir la pobreza, promover el desarrollo sostenible y la construcción de buen gobierno”. Esta frase del exsecretario general de las Naciones Unidas y Premio Nobel de la Paz, Kofi Annan, señala un rumbo a seguir a los Gobiernos del mundo y Venezuela no es la excepción.
