Antes de movilizar miles de millones de dólares para la reconstrucción, los venezolanos tenemos el derecho, y la responsabilidad, de preguntarnos quién tendrá la capacidad, la legitimidad y la responsabilidad de conducir ese proceso.
Hoy la prioridad absoluta es salvar vidas, atender a las víctimas y aliviar el sufrimiento de quienes lo han perdido todo. Esa debe ser la preocupación de todos. Pero mientras esa respuesta avanza, también hay una conversación que no puede esperar: cómo asegurar que la reconstrucción de Venezuela esté guiada por instituciones capaces, transparentes y al servicio de los ciudadanos.
En medio de esta devastación, es imprescindible reconocer el dolor profundo de las víctimas, la angustia de quienes han perdido a sus seres queridos, sus hogares y sus medios de vida, y el sentimiento de incertidumbre que nos atraviesa a todos los venezolanos. Este es un momento de duelo colectivo, pero también de reflexión sobre lo que viene y sobre cómo, como sociedad, podemos comenzar a construir un camino hacia la recuperación con dignidad, solidaridad y responsabilidad compartida.
En las próximos dias comenzaremos a conocer con mayor precisión la dimensión de esta tragedia: el número de víctimas fatales, de personas heridas, de familias que perdieron sus viviendas y sus medios de vida, la magnitud de los daños en la infraestructura y las primeras estimaciones de los recursos necesarios para la recuperación. Todo ello será indispensable para comprender la enorme dimensión del desafío que Venezuela tiene por delante.
Pero antes de preguntarnos quién financiará la reconstrucción de Venezuela, los venezolanos tenemos el derecho, y también la responsabilidad, de preguntarnos quién tendrá la capacidad institucional para administrarla.
No es una pregunta secundaria ni un debate para después de la emergencia. De su respuesta dependerá que la inmensa solidaridad nacional e internacional logre traducirse en viviendas reconstruidas, escuelas abiertas, hospitales funcionando y comunidades que recuperen la esperanza, o que termine diluyéndose entre la improvisación, la corrupción, la falta de transparencia, la falta de coordinación y la ausencia de instituciones capaces de conducir un proceso de esta magnitud.
Venezuela enfrenta esta tragedia después de un largo proceso de deterioro institucional que ha debilitado significativamente la capacidad del Estado para planificar, coordinar, ejecutar y mantener políticas públicas. Esa realidad obliga a mirar más allá de la emergencia inmediata.
La experiencia internacional demuestra que la calidad de la reconstrucción depende menos de la cantidad de recursos disponibles que de la calidad de las instituciones encargadas de administrarlos. Ningún volumen de financiamiento puede sustituir la planificación, la coordinación entre niveles de gobierno, los mecanismos de control, la transparencia y la confianza ciudadana.
Por ello, la conversación no debería centrarse únicamente en cuánto costará reconstruir Venezuela, sino en cómo se gobernará ese proceso y quién tendrá la legitimidad, la capacidad técnica y la credibilidad necesarias para conducirlo.
Hay un hecho que ya está dejando una primera lección de esperanza. Desde las primeras horas posteriores al terremoto, la solidaridad de los venezolanos está desbordando las limitadas capacidades institucionales existentes. Comunidades organizadas, organizaciones de la sociedad civil, universidades, gremios, iglesias, empresas y miles de ciudadanos están movilizando ayuda incluso antes de una respuesta pública articulada. A esa extraordinaria capacidad de organización se ha integrado una diáspora profundamente comprometida que, desde distintos países, está activando redes de apoyo, está recaudando recursos, está coordinando asistencia técnica y está volviendo a demostrar que sigue siendo parte esencial del presente y del futuro de Venezuela. Esa energía cívica está constituyendo uno de los mayores activos con los que cuenta el país. El desafío será convertir esa capacidad de solidaridad en una arquitectura permanente de colaboración entre ciudadanía, instituciones y comunidad internacional para sostener una reconstrucción que trascienda la emergencia.
Por su parte, Estados Unidos de América tiene hoy una responsabilidad histórica en la reconstrucción de Venezuela. Ningún otro actor reúne hoy la capacidad política, financiera e institucional para articular el apoyo internacional que el país necesitará. Su liderazgo es determinante para movilizar recursos, coordinar a los organismos multilaterales y generar las condiciones que permitan una recuperación sostenida.
Precisamente por ello, la pregunta no es solo cuánto apoyo podrá movilizar la comunidad internacional, sino cómo asegurar que ese liderazgo contribuya a reconstruir las capacidades institucionales del Estado venezolano y no únicamente su infraestructura.
Precisamente por esa influencia, resulta indispensable que desde ahora se plantee una pregunta de fondo: ¿cómo asegurar que el apoyo internacional contribuya a fortalecer la capacidad institucional de Venezuela y no solo a financiar su reconstrucción física?
Los venezolanos tenemos derecho a exigir que esa conversación ocurra. La gobernanza de la reconstrucción no puede darse por sentada. Requerirá mecanismos que garanticen que los recursos lleguen efectivamente a la población, se administren con transparencia, fortalezcan las capacidades de las instituciones públicas y generen confianza tanto entre los ciudadanos como entre quienes decidan acompañar al país en este enorme esfuerzo.
La reconstrucción exige una arquitectura institucional que articule al gobierno nacional, los estados, los municipios, las comunidades, el sector privado, la academia y los organismos multilaterales. Exige reglas claras para priorizar inversiones, mecanismos abiertos de contratación, sistemas de seguimiento y espacios permanentes de rendición de cuentas.
Las instituciones multilaterales también tienen una responsabilidad trascendental. Su aporte no puede limitarse al financiamiento, que hoy enfrenta restricciones importantes derivadas del prolongado impago de la deuda de Venezuela con instituciones como el BID y CAF. Precisamente por ello, su contribución inmediata en asistencia técnica, fortalecimiento institucional, coordinación entre donantes, adopción de estándares internacionales y promoción de mecanismos de transparencia y rendición de cuentas es aún más determinante. En contextos de alta fragilidad institucional, estas funciones son tan importantes como los propios recursos financieros.
En ese esfuerzo, los municipios tienen un papel decisivo.
La reconstrucción ocurre en el territorio. Es allí donde se restablecen los servicios públicos, se organizan las comunidades, se recuperan las escuelas, los centros de salud y la actividad económica. Los gobiernos locales no pueden ser simples ejecutores de decisiones tomadas desde el nivel central; deben convertirse en protagonistas de la recuperación y en el primer espacio para reconstruir la confianza entre el Estado y los ciudadanos.
La reconstrucción tampoco debe aspirar únicamente a recuperar lo que existía antes del terremoto. La comunidad internacional ha desarrollado un principio ampliamente reconocido: reconstruir mejor. Esto significa aprovechar la recuperación para crear infraestructura más segura y resiliente, mejores sistemas de gestión del riesgo y administraciones públicas más capaces.
En el caso venezolano, ese principio adquiere una dimensión aún mayor. Reconstruir mejor también significa reconstruir instituciones.
Cada escuela que vuelva a abrir sus puertas debería fortalecer la capacidad del sistema educativo. Cada hospital recuperado debería dejar mejores mecanismos de gestión. Cada proyecto de infraestructura debería contribuir a crear capacidades permanentes para planificar, contratar, supervisar y mantener la inversión pública.
El verdadero legado de la reconstrucción no debería medirse únicamente por el número de obras terminadas, sino por la fortaleza de las instituciones que queden al servicio de los ciudadanos cuando la ayuda internacional haya concluido.
Los terremotos destruyen infraestructura en segundos. Reconstruir instituciones toma años.
La reconstrucción de Venezuela no puede ser únicamente un desafío de ingeniería ni de financiamiento. Debe ser también un gran acuerdo nacional sobre cómo queremos gobernar los recursos públicos, fortalecer nuestras instituciones y recuperar la confianza.
Los venezolanos no solo tenemos el derecho de hacer esa pregunta; tenemos el deber de exigir que sea respondida pronto porque de esa respuesta dependerá que el inmenso esfuerzo de recuperación se convierta en una oportunidad para reconstruir un país más fuerte, más transparente y resiliente.
¿Qué condiciones institucionales debemos construir desde hoy para garantizar que la reconstrucción de Venezuela no solo recupere infraestructura y viviendas, sino que también reconstruya la capacidad del Estado para servir a sus ciudadanos?
Esa es una conversación que no puede esperar. Debe comenzar ahora, porque las decisiones que se tomen en las primeras semanas marcarán la calidad de la reconstrucción durante los próximos años.
Escribo estas reflexiones con profundo respeto por el dolor de las víctimas y de mis hermanos venezolanos, con la convicción de que la mejor manera de honrar ese sufrimiento es comenzar desde ahora a pensar cómo reconstruir un país más fuerte, más justo y con mejores instituciones.




La tristeza ha invadido los hogares de nuestra Venezuela. Nuestros niños lloran porque tienen hambre; nuestras mujeres lloran por no tener con qué alimentar a sus hijos; las madres sufren porque la enfermedad y la desnutrición están acabando con la vida de sus niños, que es su propia vida.
Nuestra Venezuela está malherida. Tiene un estado de deterioro generalizado. Expertos de distintas disciplinas, nacionales y de todos los rincones del mundo, coinciden en la gravedad de los males que la aquejan. Y el tiempo que ha estado sometida a tantos problemas, que se han ido profundizando, también ha afectado su espíritu, que es su gente.
“El Estado garantizará a toda persona, conforme al principio de progresividad y sin discriminación alguna, el goce y ejercicio irrenunciable, indivisible e interdependiente de los derechos humanos. Su respeto y garantía son obligatorios para los órganos del Poder Público, de conformidad con esta Constitución, con los tratados sobre derechos humanos suscritos y ratificados por la República y con las leyes que los desarrollen”, así se lee en el Artículo 19 de nuestra Carta Magna.
“La igualdad de género es más que un objetivo en sí mismo. Es una condición previa para afrontar el reto de reducir la pobreza, promover el desarrollo sostenible y la construcción de buen gobierno”. Esta frase del exsecretario general de las Naciones Unidas y Premio Nobel de la Paz, Kofi Annan, señala un rumbo a seguir a los Gobiernos del mundo y Venezuela no es la excepción.