Reconstruir el crecimiento: knowhow, aprendizaje y un nuevo “nosotros”

Durante muchos años me he hecho una pregunta que es, al mismo tiempo, profesional y profundamente personal: ¿cómo puede Venezuela volver a crecer? Cuando comencé el curso Leading Economic Growth, pensaba que la respuesta estaba principalmente en el terreno conocido de la estabilización macroeconómica, la reconstrucción institucional y, por supuesto, una transición hacia la democracia. Sin embargo, a lo largo de estas diez semanas —y justo cuando Venezuela parece estar a las puertas de una oportunidad política real, impulsada por una creciente presión internacional sobre el régimen— comprendí que esa mirada era incompleta.

Incluso si una transición democrática se concreta, el país heredará algo más complejo que una crisis económica o un Estado debilitado: heredará un sistema productivo sin knowhow, fragmentado y desconectado. Ese descubrimiento redefinió por completo mi desafío de crecimiento y el sentido de este curso para mí.

Venezuela ha perdido más del 70% de su producto interno bruto y más de siete millones de personas han emigrado en menos de una década. No se trata solo de una migración masiva, sino de una migración altamente calificada: ingenieros, científicos, docentes, técnicos, profesionales, gestores públicos, emprendedores. Personas que no solo “trabajaban”, sino que sabían cómo hacer funcionar sistemas complejos. Cuando esas personas se van, un país no pierde población: pierde su capacidad colectiva de resolver problemas.

Esta fue una de las ideas más transformadoras del curso: el crecimiento no depende principalmente del capital, los recursos naturales o las buenas intenciones, sino del knowhow. El knowhow vive en las personas, pero también en las relaciones entre ellas, en las rutinas, en las instituciones, en la memoria organizacional. No está en los planes ni en los discursos. Está en la práctica. Cuando ese tejido se rompe, el crecimiento se detiene, incluso si las condiciones macroeconómicas mejoran.

A partir de allí, el curso me ofreció una herramienta clave: el concepto de binding constraints. Durante años, Venezuela —como muchos otros países— ha intentado aplicar listas interminables de reformas, muchas de ellas técnicamente correctas, pero desconectadas del problema central. A través del trabajo de diagnóstico, del diagrama de espina de pescado y de la reflexión iterativa, llegué a una conclusión clara: la principal restricción al crecimiento de Venezuela hoy es la pérdida y fragmentación del knowhow productivo. Mientras esa restricción no se aborde, ninguna otra reforma será suficiente.

Este enfoque cambió radicalmente mi manera de pensar la reconstrucción. Dejé de verla como un proceso que comienza con el Estado y pasa luego al sector productivo. Empecé a verla como un proceso que debe comenzar por reconectar capacidades, incluso antes de que el poder político cambie de manos. Y ahí apareció con fuerza una idea que fue tomando forma a lo largo de las tareas: la diáspora venezolana no es solo una herida social; es un activo productivo disperso, un “cerebro nacional” distribuido en Madrid, Bogotá, Miami, Santiago, Toronto, Washington y muchas otras ciudades.

La diáspora venezolana acumula knowhow en sectores estratégicos, en instituciones complejas, en mercados exigentes. Pero ese knowhow hoy está invisible, descoordinado y desconectado de los actores que permanecen en el país. Por eso, uno de los principales aprendizajes del curso fue entender que reconectar la diáspora con actores domésticos —universidades privadas, gremios, organizaciones empresariales, sociedad civil— no es un gesto simbólico, sino una estrategia de crecimiento.

Otro cambio profundo en mi forma de pensar fue la manera de entender la inclusión. Antes de este curso, yo asociaba la inclusión principalmente con equidad o justicia social. Hoy entiendo que la inclusión es, ante todo, una estrategia de productividad. Las economías crecen cuando más personas pueden participar en actividades de alta productividad y en procesos de toma de decisiones. En sociedades fragmentadas, con altos niveles de desconfianza y desigualdad —como la venezolana— reducir los llamados “inclusion gaps” es una condición necesaria para cualquier estrategia de crecimiento sostenible.

Esto me llevó a reflexionar sobre algo aún más profundo: el colapso institucional no solo destruyó reglas y organizaciones; destruyó la idea de un “nosotros”. La dictadura erosionó la confianza, castigó la cooperación y convirtió la toma de decisiones en un proceso opaco y vertical. Reconstruir el crecimiento implica, necesariamente, reconstruir un sentido compartido de pertenencia, un “nosotros” que incluya tanto a quienes están dentro del país como a quienes están fuera.

En este punto, el curso introdujo otro aprendizaje clave: la metodología PDIA (Problem-Driven Iterative Adaptation). Durante mucho tiempo creí que la reconstrucción requería grandes planes maestros. PDIA me enseñó lo contrario: en contextos complejos y frágiles, el progreso surge de pequeños pasos, experimentación, aprendizaje continuo y adaptación. No se trata de tener todas las respuestas, sino de crear procesos que revelen información nueva a medida que avanzamos.

Esto encajó perfectamente con la estrategia que fui delineando: comenzar con pilotos pequeños, seguros, fuera del Estado, que conecten capacidades de la diáspora con actores domésticos; aprender de esos experimentos; construir confianza; escalar lo que funcione. No discursos, no promesas, no planes grandilocuentes. Aprendizaje en acción.

Quizás el aprendizaje más profundo llegó al final del curso: las estrategias de crecimiento deben transformar no solo qué decisiones se toman, sino cómo se toman. Los países no fracasan por falta de ideas, sino por falta de sistemas capaces de procesarlas colectivamente. Venezuela no necesita más diagnósticos aislados; necesita espacios de decisión de alta “capacidad de banda”, donde circulen ideas diversas, se compartan aprendizajes y se construya confianza.

Medir el crecimiento, entonces, no puede limitarse a indicadores económicos. También debe medir quién participa, qué voces influyen, cómo se toman las decisiones y si las instituciones están aprendiendo. El crecimiento no es solo un resultado; es un proceso social.

A lo largo del curso, logré transformar una inquietud difusa en una estrategia concreta. Pasé de preguntarme “¿cómo puede crecer Venezuela?” a plantear un desafío específico: cómo regenerar y reconectar el knowhow productivo del país para volver a construir complejidad económica. Identifiqué una restricción central, definí puntos de entrada viables, propuse métricas y visualicé una plataforma capaz de articular actores que hoy no trabajan juntos.

Pienso usar lo aprendido para contribuir activamente a ese proceso. Mi intención es comenzar por mapear capacidades de la diáspora, conectar nodos, facilitar conversaciones y promover pequeños proyectos de colaboración. Si la transición democrática ocurre, estas redes pueden convertirse en un activo estratégico. Si no ocurre de inmediato, seguirán siendo una reserva de conocimiento, opciones y futuro.

Cierro este ciclo con gratitud y con preguntas abiertas. ¿Cómo se reconstruye la confianza después de años de autoritarismo? ¿Cómo evitar que la reconexión de la diáspora reproduzca viejas élites? ¿Cómo equilibrar la necesidad de financiar la reconstrucción con los desafíos de la transición energética global? ¿Qué relato puede volver a unir a un país profundamente fragmentado?

Este curso no me dio respuestas definitivas. Me dio algo más valioso: una manera de pensar, de diagnosticar y de actuar en contextos complejos. Me recordó que el crecimiento no es un evento, sino un proceso; no es un plan, sino un sistema de aprendizaje. Y, sobre todo, me reafirmó que reconstruir un país no comienza cuando cambia el poder, sino cuando cambia la forma en que las personas deciden aprender y trabajar juntas.

Gobernar desde el Terreno: Reflexiones de una Urbanista que Implementa Políticas Públicas

Soy urbanista y he dedicado gran parte de mi vida profesional a algo que muchas veces se subestima en el diseño de políticas públicas: la implementación. No basta con tener una buena idea; hay que traducirla en hechos. Y para eso, hay que conocer el terreno, entender la política, y tejer alianzas duraderas.

Durante los años en los que fui directora de Planificación Urbana y Catastro, concejal y luego alcaldesa encargada del municipio Baruta, pude comprobar que la gobernabilidad se construye desde la calle, pero también desde la institucionalidad. En paralelo, como diputada a la Asamblea Nacional, impulsé una legislación nacional sobre integración de barrios basada en lo aprendido en Baruta. Ambas experiencias me enseñaron algo esencial: implementar es gobernar, y gobernar requiere convicción, técnica y estrategia

De la planificación técnica a la política urbana efectiva

Cuando asumimos la gestión en Baruta en el año 2000, decidimos dejar atrás el enfoque asistencialista que había predominado en la atención de los barrios. Apostamos por una visión integral que incluyera ordenamiento urbano, legalidad, participación y sostenibilidad económica. Implementamos planes especiales de integración de barrios con equipos multidisciplinarios y articulamos legalmente cada acción con nuevas ordenanzas municipales.

Logramos incorporar la regularización de la tierra como parte de una política urbana formal, y transformamos la manera en que se entendía el valor del suelo de los barrios: no como problema, sino como capital dormido. Nuestra apuesta fue clara: integrar es igualar. Y para eso, regularizar, planificar y dotar con visión de largo plazo.

Gobernabilidad y entorno político: el rol invisible que hace posible lo visible

Nada de esto hubiera sido posible sin una lectura atenta del entorno político. Implementar requiere construir acuerdos, incluso con quienes piensan distinto. La inclusión de los concejales, la comunidad organizada, los equipos técnicos y los actores privados fue clave para consolidar gobernabilidad.

Sin embargo, también enfrentamos sabotajes, desinformación y bloqueos por parte del poder central, que se resistía a cualquier avance autónomo desde las gestiones locales. La impugnación de nuestras ordenanzas, la negativa de registros de propiedad y la suspensión de transferencias presupuestarias fueron algunas de las múltiples trabas. Pero avanzamos. Porque cuando hay claridad en la visión, el liderazgo se impone.

Del municipio al parlamento: una propuesta legislativa basada en la experiencia

En 2016, como diputada, llevé esa experiencia a la Asamblea Nacional. Redactamos y promovimos la Ley para la Regularización de la Tenencia de la Tierra y Rehabilitación Integral de Barrios, inspirada en los avances de Baruta y Sucre. La ley fue aprobada, pero sabotaje institucional del régimen impidió su implementación.

Esa fue otra lección: las leyes pueden ser justas, pero sin voluntad política ni un Estado de derecho, no hay política pública que avance. Y sin implementación, las leyes son promesas vacías.

¿Qué aprendí como implementadora de políticas públicas?

  • Sin instituciones fortalecidas, no hay gobernabilidad.
  • Sin alianzas políticas, no hay avances sostenibles.
  • Sin participación ciudadana, no hay legitimidad.
  • Sin planificación con base técnica y legal, no hay integración posible.
  • Y sin voluntad de Estado, no hay transformación.

Hoy, Venezuela necesita más que nunca mirar hacia sus barrios no con condescendencia, sino con respeto y visión estratégica. Las soluciones no vendrán del clientelismo ni de promesas vacías, sino de políticas públicas integrales, aplicadas con compromiso y conocimiento.

Implementar es mucho más que ejecutar: es liderar el cambio en contextos complejos, y hacerlo con herramientas jurídicas, planificación urbana y capacidad de tejer gobernabilidad. Esa ha sido mi vocación como urbanista y servidora pública.

Espero que más temprano que tarde, los cambios políticos en Venezuela y el retorno a la democracia, permitan que retomemos el trabajo de implementar políticas públicas efectivas y sostenibles para nuestro país.

Mantengamos la conexión con nuestros sueños

Un 15 de marzo, hace cuatro años, publiqué en este mismo espacio un artículo que titulé “Escuchen la poderosa voz de las venezolanas”, que fue la última actualización que realicé en mi blog antes de las líneas que están leyendo.

Muchas circunstancias me mantuvieron alejada de este canal que para mí siempre fue muy importante, y era una deuda pendiente volver a conectarme con ustedes por este medio. Tras esta pausa, quiero contarles acerca de los proyectos en los que me estoy enfocando, siempre con la mente puesta en nuestra Venezuela. Pero también me parece que es momento de hablarles de mis raíces, que en definitiva determinan quién soy y también hacia dónde voy.

Como venezolana, tengo la convicción de que las mujeres tienen un rol fundamental en el proceso de reconstrucción de nuestro país y por eso, con humildad, deseo compartir mi experiencia con todas las que desde su propio espacio siguen luchando por un futuro de progreso y oportunidades.

Yo soy una caraqueña nacida en la parroquia Altagracia y registrada en la parroquia San José, pero siendo muy pequeña mis padres se mudaron al municipio Baruta del estado Miranda y prácticamente pasé toda mi vida en esa maravillosa entidad, a cuyo pueblo tuve la oportunidad de servir.

Desde mi más temprana infancia comenzó a crecer en mí el concepto de trabajar por el bien de la comunidad. De hecho, desde muy joven fui voluntaria en el hospital San Juan de Dios, y toda mi adolescencia fui colaboradora en centros de salud. Siempre pensé que mi vida era de servicio y así sigue siendo; esa es mi vocación y por eso me identifico con la frase de la madre Teresa de Calcuta que expresa que “quien no vive para servir no sirve para vivir”.

De allí mi decisión de estudiar urbanismo, porque es una carrera que analiza las relaciones de las personas con el entorno, y busca resolver los problemas de la gente, de los servicios públicos. Gracias a Dios pude vincular mi carrera, mi vocación, con la política, y tener logros que me han llenado de satisfacción y experiencias de las que he aprendido muchísimo.

Algo por lo que me siento muy afortunada es por haber nacido en el seno de una familia que valora mucho la educación y el trabajo. Soy nieta de inmigrantes, y mis abuelos llegaron a Venezuela sin nada; pero gracias a su esfuerzo, mis padres fueron de las primeras generaciones que pudieron estudiar. Gracias a ellos aprendí el amor por los libros y por la formación académica, algo que todavía hoy me acompaña y me permite seguir creciendo y adquiriendo los conocimientos necesarios para continuar aportando ideas en beneficio de los venezolanos.

También estoy orgullosa y agradecida por el hecho de que mi educación siempre fue dentro del sistema de enseñanza pública, primero en la Escuela Experimental Venezuela, luego en liceos del Estado y finalmente en la Universidad Simón Bolívar, donde me gradué como urbanista.

Gracias a esa preparación aspiré y obtuve un crédito de Fundayacucho, que me permitió realizar una maestría en planificación regional y urbana.

De modo que si de algo puedo dar fe es de la importancia que tiene contar con una educación pública de calidad, y es por eso que junto a todo el equipo de Miranda puse el alma para fortalecer el sistema educativo del Estado. La educación es la clave que le abre las puertas a todas las personas sin importar el lugar y las condiciones de su nacimiento.

Al culminar la universidad, contraje matrimonio y con el crédito mi esposo y yo viajamos a Estados Unidos, donde nació mi primera hija. Pero en mis planes siempre estuvo regresar para trabajar al servicio de los venezolanos. Mi destino era volver al país, así lo sentí entonces y ese mismo sentimiento es el que me acompaña hoy.

Al regresar a Venezuela, siendo todavía muy joven, ingresé en el Ministerio de Transporte y Comunicaciones, y con apenas 28 años fui directora general sectorial de Planificación de Transporte. Luego comencé a trabajar en la Universidad Simón Bolívar, específicamente en el Instituto de Estudios Regionales y Urbanos. Estando allí me contactó Henrique Capriles cuando se preparaba para ser candidato a la alcaldía de Baruta. Enseguida me sentí identificada con su proyecto y deposité mi confianza en él. Aunque hasta este momento no había tenido contacto con el mundo de la política, ayudé en la elaboración de su programa de gobierno y cuando me di cuenta ya estaba enganchada en su gestión.

En Baruta, fui primero directora de planificación y luego directora general. También ejercí como alcaldesa encargada, cuando Henrique decidió lanzarse por la gobernación de Miranda. El siguiente paso, también junto a Capriles, fue afrontar la secretaría de Gobierno cuando asumió como gobernador. Así que pude seguir trabajando en equipo con él y con muchas personas que hicieron grandes aportes.

En Miranda tuvimos una gestión muy exitosa centrada en la educación, porque esta es capaz de cambiar la vida de las personas. De allí que entre los logros me gusta destacar las 60 nuevas escuelas que construimos y entregamos a los mirandinos para fortalecer la enseñanza de los niños y jóvenes.

Cuando Henrique decidió ser candidato presidencial quedé encargada de la gobernación, una experiencia extraordinaria que tuve la oportunidad de vivir dos veces, pues nuevamente quedé al frente de la gestión con su segunda candidatura. Los retos y desafíos que esto supuso y la entrega que implica la lucha para que todo salga bien me hicieron una persona más fuerte. Nuestra labor le marcó la vida a muchas personas que se vieron tocadas de forma positiva, por lo que puedo decir llena de emoción y también de orgullo, que la satisfacción del trabajo realizado es algo que me acompañará toda la vida.

Llegado el momento, me enfrenté a una nueva etapa en la que trabajé por mi propia candidatura para diputada por el circuito 4 del estado Miranda, y luego, una vez elegida, asumí los desafíos que se me plantearon como representante ante la Asamblea Nacional. Fue una experiencia novedosa que me expuso más al mundo de la política, pues si bien en el año 2000 comencé a militar en Primero Justicia, mi trabajo siempre había estado orientado a la gestión pública.

Muy pronto me vi obligada a tomar una decisión que me llevó a replantearme todo. Mientras ejercía como diputada y habiendo estado tan vinculada por varios años con el Gobierno mirandino comencé a sufrir amenazas. Me sentía desconcertada y un día salí prácticamente con mi cartera y mi pasaporte. Pero el alejamiento geográfico no significa que haya dejado atrás a Venezuela. Muy por el contrario, en mi mente estuvo desde el primer momento encontrar el camino que me permitiera seguir sirviendo a mi país. Eso es algo que nadie me puede impedir.

Entonces, me propuse estudiar para seguir trabajando por Venezuela desde el ámbito internacional y apliqué para un postgrado en la Universidad de Harvard, en la que fui admitida. Aunque no pude ingresar porque no tenía los recursos necesarios, el solo hecho de haber sido aceptada en una de las casas de estudios superiores más importantes y prestigiosas del mundo, fue un gran logro para mí.

En ese momento, una vez más, la vida fue generosa conmigo y me permitió nuevamente servir a mi país, ahora en el exterior, a través del Banco Interamericano de Desarrollo donde ingresé en 2019 como Consejera Senior. Actualmente, todos los proyectos que estamos desarrollando están orientados a la reconstrucción del país. Pero adicionalmente, me sumé al grupo de trabajo de Venezuela del Atlantic Council, un Think Tank o tanque de pensamiento, a través del cual se generan nuevas ideas y recomendaciones prácticas en torno a los problemas más apremiantes que enfrenta el país.

Particularmente, mis esfuerzos se dirigen a apoyar a las líderes que han estado en la política y tienen mucho que ofrecer para la reconstrucción de nuestra querida patria.

Como mujer y servidora pública estoy convencida de que el haber estado siempre conectada con mi fuerza interior, me ha permitido mantener en alto mis aspiraciones, vencer el miedo y no permitir que nadie dañe mis ilusiones. Y es que no se puede avanzar si no se tiene un sueño.

Haber tenido esto presente en momentos críticos fue clave para mí. Por ejemplo, cuando estaba en la Alcaldía de Baruta mi esposo, ahora mi exesposo, quien es ingeniero de petróleo, consiguió trabajo en El Cairo, Egipto, y pensamos que para nuestras dos hijas de 5 y 10 años en ese entonces, lo mejor era que estuvieran con su papá para poder estudiar allá en un colegio internacional. Pero llegado el momento, lo que era una circunstancia temporal se volvió permanente y me vi en la necesidad de repensar mi vida, mi familia y mi relación. Yo tenía que seguir trabajando en mi misión como servidor público en Venezuela y tenía dos niñas a las que dar el mejor ejemplo: que uno no se debe desconectar de lo que quiere y lo que sueña.

Viendo en retrospectiva ese momento, que representó un gran sacrificio para nosotros como familia, estoy segura de que fue una decisión acertada, pues pude darles a mis hijas el mejor ejemplo al ir detrás de mis sueños.

Hoy puedo decirles a las venezolanas que siguen luchando por sus comunidades, por sus estados y por el país, que la mejor inversión que uno puede hacer es conservar su propio capital, lo que implica educarse y quererse con la misma intensidad con la que queremos a los nuestros.

Las mujeres en Venezuela llevan el peso de la crisis sobre los hombros; pero a la vez tienen un rol fundamental para su solución. Y es que las venezolanas son luchadoras, son las que están al frente del hogar y son líderes naturales.

Las mujeres somos capaces de todo, podemos lograrlo y cada una desde su propio espacio está haciendo todo lo posible por conseguir el cambio que tanto anhelamos los venezolanos.

¡Sigamos adelante luchando para hacer realidad nuestros sueños!

Escuchen la poderosa voz de las venezolanas

DWKziCSXcAAUd8KLa tristeza ha invadido los hogares de nuestra Venezuela. Nuestros niños lloran porque tienen hambre; nuestras mujeres lloran por no tener con qué alimentar a sus hijos; las madres sufren porque la enfermedad y la desnutrición están acabando con la vida de sus niños, que es su propia vida.

Las familias se están desmembrando, cuando no son los jóvenes quienes parten en búsqueda de oportunidades, son los padres quienes se aventuran, dejando muchas veces a sus niños a cargo de familiares con la idea de reunirse en el futuro.

La crisis es tan profunda que supera las predicciones más descabelladas y nada hace pensar que pueda revertirse si las cosas continúan por el camino que pretende seguir imponiendo el régimen.

Este es el peor momento que hemos atravesado los venezolanos, pero son las mujeres las que llevamos la peor parte. Así lo demuestran los indicadores que hablan del estado de los derechos sociales, políticos, económicos y de salud de la las venezolanas.

En un país donde se violan a diario los derechos humanos más fundamentales, las desigualdades asociadas al género agravan aún más la situación para las mujeres.

Nuestra Constitución en su artículo 21 establece que “No se permitirán discriminaciones fundadas en la raza, el sexo, el credo, la condición social o aquellas que, en general, tengan por objeto o por resultado anular o menoscabar el reconocimiento, goce o ejercicio en condiciones de igualdad, de los derechos y libertades de toda persona. (…)”

Pero nada de esto se cumple y no será una realidad, mientras continúen en el poder quienes nos hundieron en esta crisis y comulgan con la idea de doblegar al pueblo para perpetuarse en el poder.

La feminización de la pobreza es un hecho que se hace evidente a través de varios aspectos que hemos comentado anteriormente y consideramos oportuno y relevante reiterar.

Aproximadamente 50% de los hogares de nuestro país tienen a una mujer como cabeza de hogar, y en estos la pobreza crítica alcanza 75%.

Aunque no existen cifras oficiales, estudios realizados por Organizaciones No Gubernamentales arrojan que son las mujeres las que comen menos para favorecer al resto del grupo familiar.

Si pasamos al plano laboral, la brecha salarial es un hecho, como también los es que ante la situación económica las primeras que quedan sin empleo son las mujeres.

En la salud tampoco hay datos alentadores. A la crisis que afecta a todos los venezolanos hay que sumarle las consecuencias que tiene para la mujer el 90% de escasez de anticonceptivos: embarazo precoz, embarazo adolescente, un dramático incremento en la mortalidad materna y de las enfermedades de transmisión sexual.

Con respecto al cáncer de mama, no hay tratamiento en nuestro país, y quienes lo padecen tienen que esperar años para operarse.

La violencia sexual también se ha extendido y afecta de forma especial a las mujeres indígenas, quienes son objeto de discriminación, violencia y prostitución forzada  por parte de mineros ilegales, de grupos armados no estatales y también de fuerzas militares.

Hoy en nuestra Venezuela, muchas mujeres se prostituyen porque se les exigen favores sexuales a cambio de comida y trabajo. ¡Esto es una vergüenza y no podemos permitirlo!

La solución pasa por un tema de reconocimiento de la situación y de voluntad para afrontar el problema. Pero la falta de cifras oficiales evidencian lo lejos que estamos de lo primero y de lo segundo.

Esta semana en la Asamblea Nacional propusimos un proyecto de acuerdo para exigir los derechos de las mujeres y un corredor humanitario que contemple sus necesidades.

Los parlamentarios debemos asumir la responsabilidad de recuperar la información, para denunciar y seguir de cerca la situación que vive la mujer venezolana. Todas las diputadas y diputados tenemos que incluir la perspectiva de género en nuestras acciones. Hacerlo forma parte de la construcción del país que queremos.

Una parte importante del objetivo de cuidar a nuestra familia y a nuestra comunidad, se logrará recuperando la democracia y la institucionalidad.

Muchas valiosas mujeres y organizaciones han trabajado por años en la lucha por los derechos de las mujeres, pero queda todavía mucho camino por recorrer y debemos seguir luchando juntas para lograrlos.

Las mujeres debemos hacer el trabajo, no lo harán por nosotras. Estoy segura de que con la ayuda de Dios, la inquebrantable voluntad de las venezolanas nos conducirá por el camino correcto hacia un futuro de progreso, igualdad y oportunidades.

Venezuela lucha

20170714ade1Nuestra Venezuela está malherida. Tiene un estado de deterioro generalizado. Expertos de distintas disciplinas, nacionales y de todos los rincones del mundo, coinciden en la gravedad de los males que la aquejan. Y el tiempo que ha estado sometida a tantos problemas, que se han ido profundizando, también ha afectado su espíritu, que es su gente.

Pero aunque el pueblo está cansado y desmoralizado, todavía arde en cada venezolano la llama de la esperanza, de una cura para nuestra amada tierra.

¡No tengo duda! Esa llama interior, multiplicada por millones y unida en torno a un objetivo común es la que nos permitirá reconstruir a Venezuela. Ese es el espíritu que invadió esta semana a nuestra querida Aula Magna, en el marco del nacimiento del Frente Amplio.

Una inyección de optimismo, de energía, de protagonismo ciudadano y trabajo colaborativo que se multiplicará por todo el territorio para activar un proceso de cambio para sanar a Venezuela.

Si de algo puedo dar fe, en mi vida como servidora pública, es del rol fundamental de las comunidades en el logro de las soluciones a los problemas que las afectan. Más aún, no es posible superarlos si los ciudadanos no se involucran.

Por eso soy optimista y desde aquí hago un llamado para que desempolvemos la esperanza que el régimen se ha empeñado en destruir, porque ahora es más necesaria que nunca.

Vale la pena luchar por Venezuela, por rescatar la democracia, por devolver a los venezolanos las ganas de permanecer y de regresar a esta tierra, de colmarla de oportunidades, progreso y calidad de vida.

La mayoría de la población está descontenta y de lo que se trata es de canalizar ese malestar y las aspiraciones a través de la participación.

La mayoría de los venezolanos quiere buscar el cambio a través de vías pacíficas y democráticas, lo que incluye el camino del sufragio, pero definitivamente en las condiciones actuales, no existen garantías electorales.

De allí la necesidad de organizarse para luchar también por la restitución de los derechos políticos que nos permitirán un cambio de gobierno y, con él, de las políticas que nos hundieron en la peor crisis de nuestra historia.

Tal como están planteadas las elecciones convocadas para el 20 de mayo, no son más que un simulacro fraudulento e ilegítimo. No cumplen los requisitos mínimos de una elección. Votar no es sinónimo de elegir y eso es algo que el gobierno trata de ocultar.

Son múltiples las irregularidades en el proceso: Obstaculizaron la participación, acortando el lapso para la recolección de firmas en el caso de grupos de electores y candidaturas por iniciativa propia y eliminando los partidos políticos -de 67 organizaciones con fines políticos registradas en 2016, se pasó a 18 tras los procesos de revalidación; se acortó de 11 a 2 días el lapso para presentar las postulaciones; se redujo de 118 a 1 el número de días para modificar o sustituir candidaturas; se eliminaron auditorías clave del proceso; se eligió de forma arbitraria la fecha, con un acortamiento inaudito de los plazos para convocar la elección, que en 2012 fue de más de 6 meses y en 2009 de más de 9 meses; también se redujo el período para la acreditación de testigos; y aunque se anunció una nueva jornada especial de Registro Electoral, durante el primer período, que se limitó a 10 días, se redujo considerablemente el número de puntos y no se publicó la información exacta sobre su ubicación, tal como lo establece la ley electoral.

Con su actuación el gobierno y su poder electoral a la medida están violando de forma flagrante la Constitución y las leyes. Un solo artículo, el 3 de la Ley Orgánica de Procesos Electorales nos permite ejemplificarlo: “El proceso electoral se rige por los principios de democracia, soberanía, responsabilidad social, colaboración, cooperación, confiabilidad, transparencia, imparcialidad, equidad, igualdad, participación popular, celeridad, eficiencia, personalización del sufragio y representación proporcional”.

Es evidente el interés de quienes convocaron esta elección. Buscan simplemente una manera de perpetuarse en el poder, pero no lograron el objetivo de legitimar el proceso y tanto en Venezuela como más allá de nuestras fronteras resuena el rechazo a este llamado al voto.

La denuncia ante la crisis humanitaria que estamos viviendo y la exigencia de restitución de los derechos de los venezolanos es un clamor de organizaciones civiles, mandatarios, organismos regionales y mundiales.

Esta misma semana el alto comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, presentó su informe anual y denunció la crisis política, social y humanitaria en Venezuela. Especificó que la situación política y social no reúne las mínimas condiciones para poder celebrar elecciones presidenciales.

Y si bien es cierto que nuestros problemas tenemos que resolverlos los venezolanos, el apoyo internacional que existe por la magnitud de la crisis, será determinante para avanzar en el camino hacia el cambio.

En ese proceso es fundamental el rol de las venezolanas. Hoy 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, es momento oportuno para reiterarlo. No es una fecha para celebrar sino para reflexionar y para denunciar el retroceso que se evidencia en la mayoría de los derechos de las mujeres. Pero es también un día para aplaudir, agradecer y sumarse a la incansable labor de las organizaciones que luchan en defensa de los derechos de las venezolanas.

Tenemos que seguir adelante, no podemos permitir que nadie se quede atrás, cada niña, cada niño, cada mujer y cada hombre tienen derecho a un país que les permita desarrollar su potencial.

No podemos permitir que el régimen siga destruyendo a nuestra Venezuela. Crezcamos como fuerza basados en aquello que nos une y nutramos ese esfuerzo con todos los puntos de vista que lo enriquecen.

¡Venezuela no se detiene y nos necesita unidos para su reconstrucción!

Oportunidades e igualdad para las venezolanas

20180227 ade foto 1“El Estado garantizará a toda persona, conforme al principio de progresividad y sin discriminación alguna, el goce y ejercicio irrenunciable, indivisible e interdependiente de los derechos humanos. Su respeto y garantía son obligatorios para los órganos del Poder Público, de conformidad con esta Constitución, con los tratados sobre derechos humanos suscritos y ratificados por la República y con las leyes que los desarrollen”, así se lee en el Artículo 19 de nuestra Carta Magna.

Un dicho popular dice que el papel aguanta todo y lamentablemente, en manos del actual gobierno, nuestra Constitución se ha convertido en letra muerta.

El respeto a los derechos humanos de los venezolanos está muy lejos de ser una realidad, más bien vemos cómo a diario son vulnerados y son nuestras mujeres las que llevan la peor parte, con lo que, además, también se incumple el artículo 21 de la Constitución, según el cual “todas las personas son iguales ante la ley”.

Son diversos los ámbitos en los que se manifiesta la desigualdad de género, la ocupación de ciertos cargos tanto en la empresa privada como en el sector público y la remuneración son algunos de ellos, pero la falta de igualdad se observa incluso en aspectos tan fundamentales como la alimentación.

Puede parecer insólito pero cifras mundiales, latinoamericanas y también locales así lo demuestran. En casi el 66 por ciento de los países las mujeres tienen más probabilidades que los hombres de sufrir inseguridad alimentaria. Son las mujeres y las niñas las más afectadas cuando por alguna razón disminuye la cantidad de alimentos en la mesa familiar. Pues suelen ser ellas las que consumen menos alimentos nutritivos para garantizarlos a los demás.

Refresquemos los datos del informe de Mujeres al límite de finales de 2017: De cada 100 niños con retardo en el crecimiento por déficit nutricional crónico, 53 fueron niñas y 47 fueron niños. En ese mismo sentido, según  Cáritas hasta en un 80% de los hogares se ha disminuido el consumo y variedad de los alimentos, y es la mujer la que deja de comer en el 60% de los estos.

En nuestra Venezuela, mes a mes, para nuestro pueblo se hace más difícil acceder a los alimentos. Su precio sufre una carrera ascendente desenfrenada, cada vez más distante de los ingresos.

La cantidad, variedad y calidad de los alimentos que se colocan en la mesa de los venezolanos se ha deteriorado de forma alarmante debido a la escasez y la hiperinflación.

La desnutrición sigue creciendo y pone en riesgo la vida de nuestro pueblo, que se encuentra en modo supervivencia.

Según la encuesta ENCOVI, cuyos resultados se dieron a conocer la semana pasada, más del 60 por ciento de los venezolanos reconoce acostarse con hambre por no tener dinero para comprar alimentos. En total 80 por ciento de los hogares presenta una situación de inseguridad alimentaria.

Según la ONU -en su informe Convirtiendo promesas en oportunidades: la igualdad de género en la agenda 2030 para el desarrollo sostenible-, en Venezuela 33,01 por ciento de las mujeres padece inseguridad alimentaria moderada o severa, en comparación del 30,89 por ciento de los hombres, una brecha de 2,12 por ciento.

Las mujeres ganan menos que los hombres, son las que destinan más tiempo a tareas no remuneradas, como es el caso de los cuidados domésticos y tienen menos posibilidades de acceder al mercado laboral.

Ante esta situación no se espera una respuesta proteccionista, de lo que se trata es de generar las condiciones para que las mujeres tengan la oportunidad de contribuir con la búsqueda de alternativas para que ellas y sus familias salgan adelante.

En Venezuela las mujeres pasan interminables horas en colas y peregrinando en búsqueda de alimentos y productos básicos. Además las tareas más cotidianas, como lavar o cocinar se convierten en grandes retos por la falta de agua y gas, por poner tan solo dos ejemplos. ¿Cuál es el tiempo entonces que pueden destinar al trabajo? ¿De tenerlo cuál es la calidad de ese tiempo? Al final, eso repercute en sus posibilidades de obtener y mantener un empleo de calidad.

Mencionamos en una entrega anterior que, según estudios del Banco de Desarrollo de América Latina, incorporar a las mujeres masivamente al sector productivo, pudiera aumentar en 34 por ciento el crecimiento de la región, lo que es respaldado por la ONU.

Según este organismo, que las mujeres accedan al mercado laboral sería un avance en lo que a igualdad se refiere pero también tendría un impacto positivo en la economía.

Entre las recomendaciones de la ONU está la necesidad de políticas integradas para generar sinergias que apunten a lograr la igualdad de género lo que, a su vez, es un factor que coadyuvaría en el cumplimiento de la agenda 2030.

Según el organismo si las mujeres tienen posibilidades de disminuir su carga de trabajo no remunerado pueden acceder a oportunidades de empleo.  Pero la solución a todo problema pasa por la necesidad de dimensionarlo, por lo que una de las recomendaciones es contar con estadísticas adecuadas, lo que también puede contribuir con la rendición de cuentas de quienes tienen en sus manos responsabilidades asociadas con el logro de la igualdad de género.

Lo que se necesita es voluntad. Hay que pasar del discurso a la acción y eso requiere un trabajo conjunto de los distintos niveles de la administración pública, el sector privado y la sociedad civil. Pero ya sabemos que en manos de este régimen que nos destruye no habrá ninguna solución.

Por eso debemos rescatar la democracia para crear un ambiente en el que se respeten las leyes y surjan las condiciones económicas necesarias para que los venezolanos podamos recuperar la calidad de vida de nuestro pueblo y reconstruir al país.

Hay que tomar conciencia de la importancia de que cada venezolana y venezolano se convierta en parte de la solución. Cada esfuerzo cuenta y hay que asumirlo en primera persona.

Tendamos la mano a nuestras mujeres, para que puedan desarrollar sus capacidades y contribuir con la reconstrucción de sus vidas, la de sus familias, sus comunidades y el país. ¡Pero cuidado! Dar la mano no es recurrir a dádivas, de lo que estamos hablando es de ofrecer herramientas, condiciones y oportunidades para el progreso.

Mirando a los ojos de las niñas, las mujeres y las abuelas de nuestro país se encuentra un tesoro. Es verdad que la tristeza está allí, pero no está sola, la acompañan un inmenso amor por su familia y una fuerza única para sobreponerse a las situaciones más difíciles.

Me siento profundamente orgullosa de ser mujer y de ser venezolana y estoy convencida de que apuntalando el desarrollo de nuestras mujeres estaremos colocando los cimientos para la recuperación de nuestra amada Venezuela.

 

Igualdad por Venezuela

DVhlwJOXUAEbeDI“La igualdad de género es más que un objetivo en sí mismo. Es una condición previa para afrontar el reto de reducir la pobreza, promover el desarrollo sostenible y la construcción de buen gobierno”. Esta frase del exsecretario general de las Naciones Unidas y Premio Nobel de la Paz, Kofi Annan, señala un rumbo a seguir a los Gobiernos del mundo y Venezuela no es la excepción.

Garantizar los derechos humanos, incluida la igualdad de género, no es sólo un objetivo, es un medio para el desarrollo.

Según estudios del Banco de Desarrollo de América Latina, incorporar a las mujeres masivamente al sector productivo, pudiera aumentar en 34 por ciento el crecimiento de la región.

Venezuela ha suscrito y ratificado 11 acuerdos internacionales relacionados con los derechos humanos y todos contemplan disposiciones para promover y proteger los derechos humanos de las mujeres.

Según el artículo 23 de nuestra Carta Magna, los tratados, pactos y convenciones relativos a los derechos humanos, suscritos y ratificados por Venezuela, tienen jerarquía constitucional y su aplicación debe ser inmediata y directa por parte de los tribunales y de todos los órganos del Estado.

A pesar de ello, la situación de nuestras mujeres no muestra avances. Según el ranking global de 2016, Venezuela tiene una brecha de género de 69,37 por ciento, que la ubica en el puesto 74 de la clasificación mundial y está entre los 6 países con peor desempeño en la región en lo que se refiere a este indicador.

Este índice mide la diferencia entre mujeres y hombres en lo que se refiere a salud, educación, economía e indicadores políticos y refleja la medida en que se están distribuyendo los recursos y oportunidades entre los hombres y mujeres en los 142 países que son evaluados.

En Venezuela los derechos humanos de toda la población son violados a diario, pero las mujeres son uno de los grupos más sensibles en cuatro aspectos fundamentales: la vida pública y política, la salud y los derechos sexuales y reproductivos, el derecho a un nivel de vida digno, la violencia contra la mujer y el acceso a la justicia.

Existen leyes y normas que apuntan a una mayor protección del embarazo y la maternidad, pero los avances son pocos y es en este aspecto en el que voy a concentrarme en estas líneas.

Somos el país con el mayor número de embarazo adolescente de la región. En 2016 la tasa de fecundidad de niñas entre los 15 y 19 años fue de 95 por cada 1.000, mientras en el 2015 fue de 93 por cada 1.000, según cifras oficiales entregadas al Fondo de Población de las Naciones Unidas, lo que hace presumir que la estadística, de por sí alarmante, podría ser todavía mayor.

El embarazo adolescente induce al estancamiento. Les roba el futuro a las niñas y al país. Una adolescente que sale embarazada suele abandonar el sistema educativo y ve dificultada su inserción en el mercado laboral.

Desde 2013 ha ido creciendo de forma sostenida la tasa de mortalidad materna. Según cifras oficiales del Ministerio de Salud, aumentó 65,79% en 2016.

Y el Gobierno lo que hace es burlarse. Su respuesta es ofrecer dinero, como si con un bono se pudiera atender un problema estructural de la magnitud que acabamos de plantear. Sus acciones efectistas y carentes de estrategia no resuelven la situación.

Es una cuesta muy difícil de superar y parte de la solución está en el esfuerzo que hagamos por reducir la brecha de desigualdad, lo que pasa también por una mayor integración de la mujer en la vida política y pública, para que se cumpla lo establecido en las convenciones internacionales y en nuestras leyes.

No podemos permitir que un Gobierno irresponsable continúe llevando a las venezolanas a situaciones extremas en las que difícilmente logran sobrevivir.

Hoy la madre venezolana ve morir a sus hijos por el hambre, la falta de medicinas, la delincuencia o luchando por sus derechos; los ve partir del país buscando oportunidades en otras tierras. Nuestras mujeres no están destinadas a buscar en la basura algo para llevarse a la boca. ¡Esto tiene que cambiar!

Garantizándoles realmente el acceso a la educación, a la salud, al trabajo, a las decisiones políticas y económicas, tendrán oportunidades para superarse.

He dedicado mi vida al servicio público y en todos estos años he trabajado por y con las mujeres. He sido testigo de su sufrimiento pero también de su fuerza, su valor y su tenacidad para superarse.

¡Aprendamos de su ejemplo y convirtamos cada obstáculo en una razón más para luchar por nuestras mujeres y por nuestra Venezuela!

Monstruosidad de Estado

A lo largo de 18 años la valentía de Linda Loaiza ha dejado al descubierto uno de los lados más oscuros del régimen.

Linda Loaiza

Linda pasó de ser torturada sistemáticamente durante cuatro meses por su agresor, a sufrir la tortura continuada de un Estado que, estando obligado a defenderla, lo que hizo fue señalarla para proteger al victimario.

 

Repasando lo vivido por Linda, desde entonces, hasta el sol de hoy, uno ve aparecer los monstruos que nos condujeron hasta donde estamos ahora y que tanto dolor han causado y siguen produciendo a los venezolanos.

La impunidad ha crecido como todos los males del país. Los criminales actúan amparados por un Estado igualmente criminal, por un sistema de “justicia” podrido, que convierte a los victimarios en víctimas y a las víctimas en delincuentes.

En 20 años, el número de hogares en Venezuela con jefatura femenina, pasó de 24 a 39%.

En ese contexto, lejos de impulsar políticas para que la mujer desarrolle sus capacidades, el Gobierno se limita, como en todos los ámbitos, a invertir en medidas cosméticas y propagandísticas, mientras sigue empujando la crisis que afecta cada uno de los aspectos de la vida de los venezolanos y en especial de nuestras mujeres.

Linda Loaiza le puso nombre a la vulneración de los derechos humanos de las mujeres.

Su rostro representa a cada una de las venezolanas que sufren la violencia de género, en un país con un gobierno que se dice feminista.

Tal como se afirma en el informe Mujeres al Límite, realizado por CEPAZ, AVESA, la Asociación Civil Mujeres en Línea y FREYA, es prácticamente imposible conocer las dimensiones de la violencia contra las mujeres en Venezuela. Desde hace dos años no se cuenta con cifras del Ministerio Público, y el Ministerio del Poder Popular para la Mujer y la Igualdad de Género (MinMujer) tampoco lleva un sistema de registro de casos.

La Fiscalía sólo reporta la cifra total de femicidios desde el año 2014, pero la Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia (LODMVLV), tipifica 21 formas de violencia contra las mujeres.

La ineficiencia del sistema de justicia para atender a las venezolanas víctimas de violencia las lleva a procurar resolver el problema al margen de la ley y de las instituciones del Estado.

Crean organismos para supuestamente proteger a la mujer y reparten dinero que no soluciona nada, pero para nadie es un secreto que es inexistente la preocupación del Estado venezolano por las mujeres y que la impunidad lleva a que la violencia se haga cada día más presente.

Para marzo de 2016, se estimaba que 50% de las venezolanas había sido víctima de algún tipo de violencia por parte de su pareja, según el Fondo de Población para el desarrollo en Venezuela.

Pero la violencia no es sólo física, lo que padecen las mujeres a diario por la situación social y económica, es también un tipo de violencia y la actuación o la falta de esta por parte del gobierno es ciertamente criminal.

El caso de Linda Loaiza, tuvo 59 inhibiciones, pasó por las manos de 76 Jueces y Magistrados del Tribunal Supremo de Justicia y las audiencias fueron diferidas en 38 oportunidades.

Ante la falta de respuesta Linda acudió a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, siendo el primer caso venezolano de violencia contra la mujer que llega a esa instancia.

“Quería justicia y es lo único que le he pedido al Estado venezolano. Nada me devolverá mi vida anterior a esta tragedia, pero esperaba sentir que el culpable lo pagaría de alguna manera. Me sobrepuse y me dediqué a buscar justicia. Allí me enfrenté a otra forma de tortura: la sordera del sistema judicial hacia la violencia contra las mujeres. Aprendí que la justicia no existe para quienes no tienen poder y menos para las mujeres”, expresó Linda.

Hablamos de un problema estructural, que amerita un verdadero compromiso, que parta del reconocimiento del problema.

La humillación y la tortura que viven nuestras mujeres no se resuelve con bonos y medidas demagógicas. Pero es mucho pedir que los monstruos que nos trajeron hasta aquí reconozcan su responsabilidad y corrijan el rumbo.

El caso de Linda es una fiel demostración. La forma como se burlaron de su sufrimiento y de sus derechos, no necesita mucha explicación. No hay justificación, no hay atenuantes.

No existe un Plan Nacional en contra de la violencia contra las mujeres, que es precisamente la exigencia que hace la Comisión Interamericana de Derechos tras la audiencia de Linda Loaiza esta semana: “Venezuela debe diseñar e implementar una política nacional en materia de prevención de la violencia contra la mujer y de género que incluya mecanismos efectivos de supervisión y fiscalización”.

Linda nos ha dado un ejemplo de valor, constancia y determinación al denunciar al Estado en instancias internacionales. Es por ella y por todas las mujeres venezolanas que seguimos en la lucha.

No caigamos en la desesperanza. Como bien ha dicho Linda ¡Rendirse no es una opción!

Ante cada obstáculo más unidad

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Cada día el régimen coloca más obstáculos para impedir el ejercicio democrático en nuestra Venezuela. Sabe que la inmensa mayoría de los venezolanos los quiere fuera del gobierno y que unas elecciones libres y limpias, en las que la voluntad del pueblo sea respetada, le serían desfavorables.

Es por eso que, a pesar de los inventos que ejecutan a través de sus instituciones partidistas, como el Tribunal Supremo de Justicia, la Asamblea Nacional Constituyente y el Consejo Nacional Electoral, debemos mantenernos en la lucha, dando testimonio del espíritu democrático de nuestro pueblo y de los partidos políticos que queremos cambio y un futuro de progreso para Venezuela.

Este fin de semana fue un ejemplo del talante venezolano, que a pesar del bombardeo constante del régimen, a pesar de las amenazas a la libertad, a pesar del hambre, de la escasez, de la frustración porque cada vez el salario vale menos, salió a poner su huella como símbolo de rebeldía. Este fin de semana cada huella para la validación de los partidos políticos fue un grito de libertad.

Más que apoyar a una organización política este fin de semana los venezolanos salimos a renovar nuestra convicción democrática y a decirle a la dictadura que estamos cansados de sus arbitrariedades.

Con cada huella le dijimos a Maduro y su cúpula que la democracia no se mide en número de elecciones, sino en el respeto a la voluntad del pueblo, en el respeto a la pluralidad que representan las organizaciones políticas que hacemos vida en Venezuela.

Hace una semana, desde Primero Justicia, anunciamos que colocábamos a un lado nuestra intención de validar para sumarnos al esfuerzo de reinscribir la tarjeta de la Unidad Democrática, la que mayor votación ha obtenido en la historia del país.

Lo hicimos como un testimonio de unidad y para avanzar en el relanzamiento de la plataforma unitaria. Lo hicimos porque estamos convencidos de que el camino para rescatar a Venezuela es la UNIDAD.

Sin embargo, en un nuevo atentado contra la expresión popular el brazo judicial de régimen anuló la tarjeta de la MUD y ante ese acto ilegal, a apenas unas horas del proceso, colocamos nuestra tarjeta a la orden de la unidad, desconociendo la írrita sentencia.

El fin de semana, a pesar del prácticamente escaso aviso y de las trabas habituales del CNE, que entre otras cosas limitó el número de máquinas en los puntos de validación, la respuesta del pueblo fue extraordinaria y sabemos que incluso será superada en las jornadas de reparación que tendrán lugar el 3 y 4 de febrero a las que podrán acudir quienes no pudieron expresarse este fin de semana.

En Primero Justicia tenemos un compromiso con los venezolanos, con la lucha de cada mujer y cada hombre que se esfuerza por sacar a su familia adelante y hace lo inimaginable por tratar de llevar algo de comer a sus hijos.

Esta crisis, la más grande de nuestra historia, tiene un responsable, que no conforme con habernos hundido en esta situación, pretende reelegirse seis años más; que juega con el hambre de nuestra gente y quiere seguirlo haciendo.

Los venezolanos tenemos que plantarnos ante sus pretensiones, que no son más que una burla descarada a nuestro pueblo más necesitado.

Unidos hemos obtenido grandes logros y solo en unidad podremos alcanzar la Venezuela que soñamos, una donde nuestros niños no pasen hambre, donde nuestros enfermos no mueran de mengua por culpa de un gobierno indolente.

Demostremos al régimen y al mundo que este país no se doblega y seguirá bregando para rescatar sus derechos elementales y su democracia.

Mantengamos viva la lucha, rescatemos la esperanza, démonos la oportunidad de conformar un contundente movimiento unitario que nos permita comenzar a cambiar esta terrible realidad que estamos viviendo.

¡Vamos el próximo fin de semana a continuar validando nuestro compromiso con Venezuela!

Venezuela cuenta con sus mujeres

«No esperes que llegue un líder; hazlo tú mismo, persona a persona. Sé fiel a las cosas pequeñas, pues en ellas reside tu fuerza”. Madre Teresa

Comedor2Vivimos tiempos de reinventarse, de repensarse como ser humano, como mujer, como servidor público y como mujer en la política. Son, indudablemente, tiempos extremadamente difíciles que jamás imaginamos vivir.

Son precisamente estos, los momentos que nos colocan en la encrucijada de quedarnos contemplando y lamentando las circunstancias, o de ver una oportunidad para construir sobre ellas. Toda mi vida me he inclinado hacia la segunda opción y esta vez no será la excepción.

Circunstancias adversas como las que vivimos, son una oportunidad para convertirnos en mejores personas, para aprender más y para ser mejores servidores públicos.

¿Acaso no es ese el propósito de la vida, aprender a diario, ser cada vez mejores personas y acercarnos a Dios con nuestras acciones? Al menos en mi caso, eso es lo que le da sentido a mi existencia.

Vengo de muchos años en la administración pública, ocho en la alcaldía de Baruta, siete como secretaria de gobierno de Miranda y uno como diputada a la Asamblea Nacional. Con esa experiencia y en el contexto nacional que todos conocemos, no puedo sino volver a plantearme las preguntas que uno se hace cuando se halla en un punto de inflexión: ¿cómo puedo hacer más? ¿cómo puedo servir mejor? ¿qué necesito aprender? ¿cómo puedo ser mejor persona?

Cuando uno está en la búsqueda de respuestas más temprano que tarde aparecen señales que nos van señalando el camino. Y recientemente entré en contacto con un montón de información que me ha marcado un nuevo rumbo.

La oportunidad de profundizar en el tema del género y la realidad que viven las mujeres en nuestro país, se me presentó justo en el momento en que la curva atraviesa la tangente. Ese momento cuando se requiere redescubrir la pasión y salirse de la zona de confort para quedarse por un tiempo en una nuevo foco en el que persistir, en el que trabajar para construir, para cambiar y para aprender.

Reconozco que siempre me enfrenté al tema de las mujeres desde una perspectiva muy personal. Siempre dije: “soy mujer y nunca he tenido ninguna limitación”. Es cierto que he sido una mujer privilegia por mi familia. Desde niña tuve muchas oportunidades y he podido desarrollar mis propias capacidades.

Siempre asumí el compromiso de trabajar con un sentido social y los últimos años he tenido además el privilegio de ser parte del equipo de Henrique Capriles, quien jamás me puso límites por el hecho de ser mujer. Henrique es así, promotor del trabajo y desarrollo de las mujeres porque le viene de su madre, de la extraordinaria Mónica a quien quiero, conozco y admiro.

Sin embargo, hace un par de semanas tuve la oportunidad, como diputada, de formarme con parlamentos sensibles al género. Allí comencé a descubrir y a entender un mundo maravilloso de mujeres que luchan por los temas de igualdad y equidad (hay un mundo de diferencias entre esas dos palabras).

Encontré el foco dónde poner mi atención. Es allí hacia donde debo orientar mi trabajo. No son pocos los retos que plantea la situación de las mujeres en nuestra Venezuela. Me atrapó de tal manera el tema, que esta semana estaré haciendo un taller de empoderamiento.

El informe “Mujeres al límite: El peso de la emergencia humanitaria: vulneración de los derechos humanos de las mujeres en Venezuela”, desarrollada por CEPAZ, AVESA, la Asociación Civil Mujeres en Línea y FREYA, muestra las gravísimas consecuencias que tienen sobre las mujeres el déficit democrático, la crisis social, económica y política sin precedentes que padece nuestro país.

Realmente estamos ante un terrible proceso de feminización de la pobreza y no es únicamente un asunto de rezago histórico y cultural de los temas de género.

Hoy, las venezolanas llevan la carga más dura de la tragedia que vivimos en nuestro país (allí están las estadísticas que lo comprueban) y al mismo tiempo no tengo dudas de que seremos nosotras las que nos echaremos al hombro y la espalda todo lo que haga falta para salir de donde estamos y construir el país que soñamos.

No me refiero sólo al trabajo físico, ese de echarle pichón contra viento y marea y trabajar duro para sacar a los hijos y a la familia adelante, sino también al trabajo que tenemos que hacer como venezolanas, en un país dominado por un régimen sin valores, que es un reflejo de lo peor de nuestra sociedad.

En este preciso momento, además de tener acceso a las cifras de este exhaustivo estudio de Mujeres al límite, se me ha presentado la oportunidad de trabajar en el proyecto de alimentar la solidaridad para llevar comida a niños que están en riesgo de desnutrición. Proyecto que construimos con mujeres, de esas que no se quedan en la queja, que ponen el hombro y son ejemplo de SOLIDARIDAD y de LUCHA. Definitivamente Dios le pone a uno las cosas en el camino y siempre está allí para guiarnos.

Hoy me siento privilegia de ser parte de esta iniciativa que tiene a las mujeres como principal motor. Son mujeres que con el soporte del programa hoy cocinan con entusiasmo y ponen lo mejor de sí para que los niños puedan comer.

Ellas son las que hacen la diferencia, son las que más se esfuerzan para que esto salga bien. Ellas son las que tienen en sus manos la fuerza y la posibilidad de hacer que sus vidas cambien. Sólo ellas pueden decidir aprovechar la oportunidad de desarrollarse, de crecer y de explotar al máximo sus propias capacidades.

Lo he visto, lo he vivido y lo he entendido en todos estos años de trabajo en nuestras comunidades mirandinas y estoy segura que en nosotras, LAS MUJERES, está el futuro de nuestra Venezuela.

Venezuela cuenta con sus mujeres. Que Dios las bendiga y les dé la fortaleza para seguir construyendo a pesar de los obstáculos y de la adversidad.